Hay lugares que no se explican solo por las paredes que los sostienen, sino por las ideas que en ellos se gestaron. En el centro de Resistencia, tras el icónico mural “La amistad” de Julio y la mística de su arquitectura, El Fogón de los Arrieros celebra un nuevo aniversario reafirmándose como el epicentro cultural, ético y estético más singular del nordeste argentino.
En la década de 1940, por iniciativa de los hermanos Aldo y Efraín Boglietti junto a un grupo de visionarios locales y artistas de paso, nació El Fogón de los Arrieros. Comenzó como un punto de encuentro espontáneo, no como un centro cultural formal. Y muy pronto se convirtió en un espacio sin etiquetas ni jerarquías donde la amistad, la conversación libre y la creación compartida actuaron como único catalizador. Con los años, se transformó en la usina que impulsó la identidad de Resistencia como la “Ciudad de las Esculturas”.
Ingresar a su histórica ubicada en Brown 350 es adentrarse en un universo laberíntico donde el tiempo parece haber quedado suspendido en un diálogo permanente entre épocas. Esculturas, objetos insólitos, pinturas, cartas autografiadas y reliquias cotidianas conviven en las paredes de lo que Jorge Luis Borges supo definir con asombro y afecto. Por -quien al igual que Nicolás Guillén, Rafael Alberti y tantos otros referentes culturales pasó por sus salas-.
Sin embargo, reducir El Fogón de los Arrieros a un museo o un archivo histórico sería traicionar su esencia. El alma del lugar reside en su espíritu indomable de “arriar” voluntades, de sumar al otro y de desacralizar el arte para integrarlo a la vida cotidiana. De sus tertulias nacieron proyectos fundamentales como la colocación masiva de obras de arte en las veredas de la ciudad, un movimiento que convirtió al espacio público chaqueño en un museo al aire libre único en el mundo.
